Manifiesto del escritor

Leo y no he dejado de leer desde esa primera novela que me encantó. Soy un lector. Leo todo el tiempo. Leo en todas partes. Leo porque me encanta leer. Y escribo porque me encanta leer. Sólo después escribo porque me encanta escribir.

Soy escritor. Lo que escribo, cómo dónde cuando escribo es asunto mío. Si tengo ganas de escribirlo, lo escribo. Cuando escribo, soy: no miento, no me hago el hipócrita, no huyo, miro directamente a los ojos y digo lo que pienso. No modero, no endulzo, uso las palabras adecuadas al contexto y al tono.

Cuando escribo, la perspectiva es personal, la sinceridad absoluta, la honestidad plena. Es una fórmula mágica para llegar a la verdad. Una verdad que puedes abrazar, despreciar, ignorar, y sin embargo nunca cambiar. Es mía.

Escribo y me abandono, soy puro y luminoso, visionario. Libre. Pienso en lo que veo, oigo y huelo. Soy omnipresente, vivo en la realidad y al otro lado, en mi escritorio y más allá del umbral de la realidad que se asoma a la imaginación. No tengo límites, no tengo frenos, amo y odio. Siento por dentro, en mi piel, a lo lejos. Soy el bueno y el malo, la víctima y el verdugo, así como el némesis, la catarsis y el ansiado descanso. Soy lo bello y lo feo. Soy árbol y montaña, sol lluvia y nieve, niño, chica, hombre y anciana. Soy Dios y su ausencia. Soy la muerte. Y al mismo tiempo soy la vida.

En la escritura, es el viaje lo que cuenta, no el destino.

Cara a cara con las palabras, frente al espejo que es la página, lo que importa es mi experiencia. Yo estoy en juego, nadie más. En consecuencia, escucho las críticas y luego decido por mí mismo. Reconozco aquellas dañinas y acepto las correctas. En ambos casos es porque soy escritor: sé lo que hago y sé cuando lo he hecho mal.

Conozco mi “voz” porque he escrito mucho, en todas partes y cada vez que he tenido la oportunidad. Sé cuál es la diferencia entre escribir y contar historias. Si me preguntas cuál es, es porque no eres escritor. La respuesta para ti no tiene importancia: se obtiene escribiendo. Sé que la historia, sus equilibrios, los personajes que la animan y la astucia de la trama prevalecen sobre la técnica. Me exijo a mí mismo que sean superiores a ella. La técnica no tiene pasión, ni ritmo, y mucho menos musicalidad. Es fría, insensible y quiere imponer una dirección, cuando sólo puede corregirla. Así que si un lector se ha enamorado de ella y me habla de comas, “mostrar, no contar”, infovertedero y punto de vista, le aconsejo que empiece a leer en serio. Voy al grano. Cuando un diálogo se basa en el entorno de la historia y no en la historia misma, no es un diálogo: es una pérdida de tiempo. Los lectores que querían ser escritores ven los defectos en el texto de los demás y son ciegos al significado para ellos mismos.

Soy escritor y escribo. Me encanta hablar sobre la escritura, pero sólo después de haber escrito. Discuto mis lecturas y lo que me han dado. Si hablo de otros escritores, es para elogiarlos. La burla no es propia de los que aman el arte, sino de los que no son artistas. Si realmente hay uno que me molesta, prefiero decirlo directamente, sin oropeles ni adornos, allí feúcho, pero nunca grosero: la burla es debilidad, asumir la responsabilidad de tus ideas es fuerza. En verdad, para un escritor, el quién no importa para nada, es el qué y el cómo lo que cuenta.

Valoro el resultado, no el mercado. El mercado es para los editores, que afirman desconocer la fórmula del best-seller, pero al mismo tiempo deciden lo que se venderá a priori. Dejo el mercado a los que andan a tientas en la oscuridad, por lo tanto, y sigo mi propio camino. ¿Mi novela no tiene mercado? Lo mismo ocurrió con mil novelas que luego tuvieron éxito, porque fueron “precursoras”: ese mercado aún no existía, lo crearon. El único significado verdadero de la absurda definición de “escritura creativa”. Así que me considero un genio literario. No, pero todavía tiene que nacer alguien que me diga que no lo soy. Y además, hay que demostrar que pienso esas tonterías.

Soy independiente. Nunca acepto la evidencia sin elaborarla, y no puedo evitarlo. Leo líneas de texto y reflexiono sobre la entrelínea, escudriño el horizonte y fantaseo sobre lo que está un poco más lejos, soy pragmático y doy rienda suelta a mi imaginación, amo la realidad y la fantasía y no puedo decidir cuál prefiero. ¿Soy creativo? No sé lo que significa serlo, pero mientras tanto cuento historias que sin mí nunca habrían existido. Tal vez sea eso. O tal vez no lo sea. Tal vez “creativo” es sólo una forma de definir lo desconocido. El mundo está lleno de gente que etiqueta para entender algo. Señalan, porque no lo son.

Es simple: un escritor escribe. Es.

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